EL GESTO DE DIBUJAR
El tiempo está
donde no se ve. Hay que inventarse una especie de diccionario. ¡Qué es eso del
tiempo! El tiempo no existe. El tiempo es lo que no se ve del espacio. Y cuando
ves el otro lado del espacio, ya no está el tiempo. El tiempo está liquidado –
será verdad o no, pero me servirá a mí para seguir pensando…
Jorge Oteiza
Si nos preguntamos qué es tener una idea
en dibujo, primero tenemos que tener conciencia que el mundo primero es sentido
y no conocido, también es comprensible decir que tener una idea es pensar.
Cuando el mundo se nos abre a los sentidos y comenzamos a ser parte de él, las
cosas comienzan a tomar sentido en la medida que vamos conociendo, las formas
ocupan lugares y las palabras nos conectan con su existencia. Tener una idea en
dibujo es pensar en líneas que se mueven y se envuelven en formas conocidas, o
en una maraña de líneas desconocida y caótica que nos desconcierta pero que nos
obliga a darle cierto orden. Estas ideas no aparecen de la nada, es lo vivido,
sentido, sufrido, que afloran con una intención por una necesidad, una
necesidad visceral e intelectual de encontrar en el lenguaje de las líneas un
sentido que nos conecte con una realidad. Las ideas que surgen del pensamiento
se proyectan como imágenes mentales que podemos trasladarlas a una superficie
física, rayando dicha superficie con una intención preconcebida para que se
muestre mínimamente, ya que la imposibilidad de copiar la imagen mental es
humana.
Para Jean-Paul Sartre, las imágenes
mentales presentan contenidos de la naturaleza psíquica y no requieren de su
aparición de una estimulación física, aunque continúan manteniendo buena parte
de las características de las imágenes que podríamos denominar materiales (Zunzunegui,
1998).
Si miramos a lo lejos y encontramos un
punto que, al acercarnos comienza a tomar forma y descubrimos a un compañero de
viaje; si un cazador observa a una presa que se aleja o se acerca en una
trayectoria que se dibuja en su mente, necesita descifrarla para que su estrategia de caza consiga su objetivo; la
herida producida por un pinchazo de una espina en la mano, aparte de
producirnos el sobresalto del dolor, descubrimos el punto y el color de la
sangre. El punto y la línea son elementos que nos ayudan a entender el mundo ya
que estos le dan forma.
En una noche despejada, observamos las
estrellas como puntos luminosos en el firmamento que nos invitan a conectarlas
y dar formas, lo que nos permite la conexión es la línea.
Observamos que las líneas de las manos
ya están desde el día del nacimiento de una persona y son únicas, es como una
firma que traemos incorporada.
Las arrugas marcadas en el rostro de una
persona, nos dan una pista de su historia, las arrugas son los surcos que dejan
marcados los años vividos, de acuerdo a la fisiognomía una persona a los cincuenta
años tiene el rostro que se merece.
Si seguimos las huellas dejadas por un
animal nos desplazamos en la línea de su trayectoria, si fotografiamos a unas
hormigas, estas forman una línea en su camino de abastecimiento de alimento, si
seguimos cotidianamente la dirección de la línea en nuestro caminar diario,
dejamos huella, y es que cualquier acción humana termina siendo huella de ella
misma, cualquier comportamiento formaliza su estructura y nos crea una imagen
análoga de su razón más profunda. Las estructuras que determinan los gestos, marcan las propiedades con las
que percibimos y reducimos el mundo entrópico de la percepción (Gómez
(coord.), 1999, p. 18).
Si estamos sentados alrededor de un
fuego en el campo, estamos en algo que cierra, en el centro está la candela, se
construye con la línea cerrada el círculo. Basta con detenerse a observar la
naturaleza para descubrir formas geométricas como la luna, al unir
imaginariamente con líneas tres, cuatro o más estrellas.
Para que haya dibujo necesitamos de la
línea que la definimos como la trayectoria de un punto en movimiento en el
espacio-tiempo, además una línea esconde a otra por su propia densidad.
Los seres humanos de la prehistoria dejaron su marca de “yo
estuve aquí” grabado en piedra hace unos
20.000 años, produjeron los primeros signos conservados que se pueden
interpretar como imágenes: huellas y rascados en las paredes de determinadas
cuevas (Zunzunegui, 1998).
En esa maraña de líneas comenzamos a
descubrir cosas conocidas, a dar forma a imágenes, el gesto de buscar se
convierte en un gesto vital ya que la imagen no representativa precede lógicamente
a la representativa, en esa búsqueda podemos encontrar, descubrir e inclusive
inventar formas. Mientras que las líneas bien determinadas definen los objetos,
las líneas borrosas obligan al espectador a buscar, encontrar y definir las
formas. Posteriormente a esta distinción el espectador hará la diferencia entre
una obra figurativa y una obra abstracta (Delannoy, 2015, p. 93). En un cuadro
dibujado las imágenes denominadas abstractas, aun siendo muy concretas, son
aquellas que presentan percepción pero no percepción-de porque no se remiten a
objetos conocidos (Zunzunegui, 1998)
El dibujo es asimismo, una escritura que
en anotaciones sucintas, es marcar con intensión un propósito definido, que
tras los análisis de la razón y la emoción, simula en síntesis lo visto o lo
observado que se pretende representar. Pero ello no siempre adquiere un matiz
definitorio y se lo aprecia solo como esquema preparatorio para otros medios de
expresión: pintura, escultura o arquitectura (Gómez
(coord.), 2002).
Pero el dibujo es sí es un arte autónomo
vital y esencial, es una herramienta que ayuda a estructurar y dar forma al mundo en múltiples
formas de representaciones, es como las matemáticas en las ciencias, o como el
lenguaje al pensamiento. Siempre buscamos patrones comparándolos con formas,
ideas, conceptos que tenemos en nuestras memorias. En esta búsqueda intervienen
nuestras emociones, nuestros sentimientos, nuestras preferencias, nuestras
necesidades, nuestro entusiasmo, nuestra motivación, nuestros deseos, nuestra
voluntad. Este universo existencial lo podemos condensar en un dibujo (Delannoy,
2015).
Por la experiencia podemos afirmar que,
los dibujos poseen una dualidad directa en el sentido de que conducen de una
manera palpable y práctica hacia pensamientos concretos visibles; son
instrumentos concretos de concreción, y a la vez son simples instrumentos para
experimentar relaciones adicionales, conjeturas: es decir, son un medio para un
fin en más de un sentido, no son resultados completos y definitivos, son semillas
o entes en construcción (Gómez (coord.), 1999). De esta manera el artista puede
reordenar y concretar los trazos con su
habilidad y gesto experimentado, vivir nuevas experiencias que lo enriquecen,
que lo encaminan a descubrimientos e invenciones.

